“Disparo de nieve” es el primer
poemario de Alberto Escabias Ampuero. Su título nos trae a la memoria,
irremediablemente, la letra de la célebre canción de Silvio Rodríguez: “Ojalá
pase algo que te borre de pronto, una luz cegadora, un disparo de nieve...”. El
libro se abre con esta cita de Antonio Marín Albalate:
Acaso sea la nieve en mi memoria,
una ventana abierta a la belleza
donde tan peligroso resultaba
asomarse.
En el prólogo, Luis Alberto de
Cuenca hace un recorrido sobre la evolución que lleva al rapero Shone a
convertirse en el poeta Alberto Escabias. El prologuista encuentra en la poesía
de Alberto una mirada personalísima, una voz propia, una poesía muy distinta a
lo que se podría esperar de alguien que viene del rap, puesto que no encontramos
en este poemario una poesía narrativa, sincopada ni repetitiva, como pudiera
esperarse. Según Luis Alberto de Cuenca, este poemario bien podría haberse
llamado “Disparo de lluvia primaveral”, debido a su vivacidad y brillo.
El poemario se estructura en dos
bloques: “Donde compiten ciegamente el crimen y la aurora”, y “Donde conviven
contemplándose el crimen y la aurora”.
Un sentimiento de frialdad y
melancolía se deja ver desde el primer poema, “A quemarropa”, cuando Alberto
compara la nieve cayendo con un disparo bajo el agua, lento, como un suspiro.
Melancolía en la que profundiza en multitud de versos a lo largo del libro. Al
mismo tiempo, otro tema recurrente en la poesía de Alberto es la preocupación
por lo efímero, por esa alegría que desde el mismo momento en que nace ya
sabemos que está destinada a morir lenta e irremediablemente, algo que se puede
apreciar en estos versos de “Catedral helada”:
(...) mientras me pregunto
qué soy para ti,
sino un gigante de hielo
deshaciéndose
en tus manos vacías.
El poeta reflexiona sobre las
apariencias, sobre la falsa percepción de la realidad. No se puede profundizar
en lo importante en un mundo frenético y en constante cambio. Se trasluce aquí
una concepción de la poesía y del amor como fatalidad, en versos como estos:
“No acumulo musas ni arañas, / ni siquiera recopilo poemas, /en realidad / solo
recopilo veneno”, que bien podríamos poner a dialogar con algún texto del
cantautor gaditano Carlos Chaouen. Hay mucho de amor romántico en este
poemario, de esos amores que llevan a la perdición y, aún sabiéndolo, no nos
importa entregarnos a ellos. “Cada vez / que me asomo / a tu cuerpo, / olvido
la salida”. La amante, como la nieve, desnuda y blanca. El amor quema, pero
también puede helar.
Por otra parte, Alberto
profundiza sobre temas habituales en la poesía, como el paso de tiempo,
considerado como equivalente al concepto de misericordia. “Todo lo
misericordioso / que puede ser un animal hambriento, / lo es el tiempo”. Hay
poemas irreverentes y atrevidos, sin importarle incluso topar con la Iglesia.
El poema “Amen himen amén” es una muestra de ello.
En algunos pasajes, la poesía de
Alberto se acerca al realismo sucio. Y, aunque no podríamos denominar su poesía
como realismo sucio, se me antoja que sí se podría considerar como una suerte
de suciedad realista. Como muestra, estos versos de “Boxeo sobre estiércol”:
Todo lo pervertido
es sincero, no hay verdad
más innecesaria que esa
que, aun siendo poema, apesta.
La presencia constante del
desamor y de la muerte en la primera parte del poemario se deja ver hasta el
último poema, “Epitafio”, en el que Escabias considera que los versos de un
poeta solo tienen sentido, solo están vivos cuando alguien los lee. Mientras
tanto, no son más que “cementerios”.
En el segundo bloque que compone
el poemario, “donde conviven contemplándose el crimen y la aurora”, se mantiene
esa presencia de la muerte, la idea del suicidio, metáfora del daño que nos
podemos hacer a nosotros mismos sin ser conscientes de ello. “¿Quién ha escrito
/ el nombre de un suicida / aquí, en mi esquela”.
En varios poemas se contrasta la
luz con la oscuridad, siendo la luz símbolo de la esperanza. El desamor vuelve
a aparecer como ruina, pero se deja abierta una puerta al placer de descubrir
la belleza o la bondad que se esconde entre lo oscuro:
Nadie antes
había distinguido
mi sombra
entre tanta oscuridad.
Nadie antes
había distinguido
mi sombra
entre tanta oscuridad.
También cobra importancia el
recuerdo, en ocasiones de ciudades como Córdoba, ciudad personificada como
cuerpo de mujer y retratada en Sierra Morena como “suave pendiente / de caderas
escarbadas”.
Llaman la atención en esta parte
del poemario las numerosas dedicatorias, dirigidas a personas cercanas al
autor, familiares, amigos y personas admiradas, mientras se despliegan unos
poemas que mantienen ese cariz de crítica social. El título del poema
“Ministerio de €ultura” habla por sí mismo.
Así es “Disparo de nieve”, un
poemario duro, reflexivo, melancólico y entristecedor en algunos pasajes por
mostrar con crudeza la realidad y la desolación del mundo y del desamor, pero
dejando siempre puertas abiertas. Siempre hay una salida, hasta el último
poema. “Siempre nos quedará Ítaca”.
*Pincha aquí para leer la reseña que hizo del poemario Luis Alberto de Cuenca.


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